
Cada 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer, una fecha reconocida oficialmente por la ONU -desde su primera conmemoración en 1975 y su posterior proclamación oficial en 1977- que nos invita a reflexionar sobre los avances logrados, los desafíos pendientes y, sobre todo, el tipo de sociedad que queremos construir.
Pero más allá de consignas, debates ideológicos o enfrentamientos estériles, este día puede convertirse en una buena oportunidad para revisar cómo nos estamos relacionando mujeres y hombres en nuestra vida cotidiana: en la pareja, en la familia, en el trabajo, en la amistad.
Porque la igualdad real no nace de la imposición o la manipulación, sino de la comunicación asertiva y el respeto mutuo.
No crece desde el victimismo, sino desde la corresponsabilidad y el esfuerzo compartidos. Y no se sostiene en el enfrentamiento o la polarización forzada, sino en la colaboración.
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ToggleIgualdad no es competir: es reconocer la misma dignidad
Es evidente que hombres y mujeres no somos idénticos, pero debería ser incuestionable el hecho de que, como seres humanos, somos iguales en dignidad.
La igualdad real no implica ignorar las diferencias o la diversidad, sino aceptarlas y respetarlas. Tampoco significa establecer una agotadora competición permanente para determinar quién merece más reconocimiento.
La igualdad auténtica parte de una premisa tan sencilla como contundente: ninguna persona es superior a otra por razón de su sexo.
A partir de ahí, el diálogo es posible, con voluntad y esfuerzo.
Complementariedad: unir en lugar de dividir
Durante demasiado tiempo se ha entendido la diferencia como amenaza. Sin embargo, está demostrado que las diferencias —bien entendidas— enriquecen.
En la pareja, en la crianza, en los equipos de trabajo, hombres y mujeres pueden aportar perspectivas distintas que se complementan. No para encasillar o limitar, sino para crecer.
Cuando mujeres y hombres salen de la “trinchera ideológica” y logran desprenderse de la rivalidad externamente impuesta, ocurre en psicología humana algo maravilloso: se abandona la idea negativa de “yo contra ti/tú contra mi” y se adopta la de “nosotros podemos construir”.
Entonces ocurre algo transformador:
Dejamos de percibir “falsos positivos” o amenazas por todas partes. (¿Y si no todos los hombres son agresores potenciales? ¿Y si no todas las mujeres son feministas radicales?)
Escuchamos más.
Imponemos menos.
Cooperamos mejor.
Construimos vínculos más sólidos.
En definitiva, la complementariedad no es jerarquía, sino colaboración consciente e inteligente.
Comunicación asertiva: la herramienta que lo cambia todo
Muchos conflictos entre sexos no nacen de la maldad, sino de la falta de comunicación honesta.
Escuchar sin interrumpir. Expresar sin atacar. Poner límites sin humillar. Reconocer errores con cierta dosis de humildad y mostrar voluntad para corregir.
La comunicación sana requiere madurez emocional, empatía y voluntad de entender antes de juzgar. Y eso no depende del sexo, sino de la apertura mental.
Cuando dejamos de hablar “desde la herida” y empezamos a hablar “desde la responsabilidad”, las relaciones cambian radicalmente.
Ni abusos ni favoritismos: justicia y equilibrio
Un enfoque verdaderamente igualitario rechaza cualquier forma de abuso, venga de donde venga. También rechaza el favoritismo interesado, las generalizaciones injustas o las etiquetas simplistas.
Ni todos los hombres son opresores, ni todas las mujeres son víctimas. Este tipo de reduccionismos nos acercan a una visión infantil o poco madura de la realidad.
Las personas son personas: con luces y sombras, fortalezas y debilidades.
La justicia no consiste en invertir los papeles de poder, sino en eliminar los abusos y fomentar el respeto mutuo.
Preservar la libertad
Vivimos tiempos de crisis de valores humanos tan esenciales como el respeto a la libertad.
Abramos los ojos a la realidad: lamentablemente, en bastantes zonas del mundo, este derecho sigue estando directamente anulado para la mujer por el mero hecho de serlo.
Por ejemplo, reprimiendo su derecho a mostrar algunas zonas de su cuerpo, por la sencilla razón de que expresan feminidad, cuando todo lo relacionado con la expresión típicamente femenina (cabello, escote, cuestiones estéticas, etc.) supone para ellos una amenaza, incluso un pecado o provocación que merece castigo divino. Y eso es solo la punta del iceberg.
Por otra parte, ¿qué ocurre en otros países en los que sí llegamos a alcanzar un progreso notable en este sentido? Surgen la hipocresía, los intereses políticos, la doble moral, la manipulación a quienes se presupone ignorantes y la infantilización de la población.
Y, cómo no, como “el fin justifica los medios” esto incluye una separación entre sexos (incluso inculcando odio si es preciso) creada de modo totalmente artificial e impuesto.
Pero, que no cunda el pánico, no abandonemos por ello la confianza en el lado bueno de muchos seres humanos -mujeres y hombres igualitarios- sin cuya perseverancia y valentía no habríamos conseguido grandes logros históricos que aún hoy en día prevalecen y por los que debemos seguir velando.
Educar para el respeto, no para el enfrentamiento
Para minimizar la posibilidad de manipulación, el cambio real comienza en la educación: en casa, en la escuela (reforzando el sentido crítico desde los márgenes del respeto), en el ejemplo diario que los adultos transmitimos a nuestros menores. Es importante recordar que el aprendizaje por observación -basado en la imitación de modelos o figuras de referencia- es mucho más potente de lo que creemos.
Educar en igualdad es enseñar:
- A respetar al otro.
- A no utilizar la fuerza o el abuso (físico o emocional).
- A asumir responsabilidades.
- A cooperar.
- A dialogar.
A valorar las diferencias sin convertirlas en trincheras o estigmas.
Las nuevas generaciones necesitan referentes que les muestren que es posible convivir desde el equilibrio y no desde la confrontación permanente.
Un 8 de marzo para el reencuentro
Este 8 de marzo puede ser mucho más que una fecha en el calendario. Puede ser una invitación a revisar nuestras actitudes cotidianas:
¿Escucho de verdad?
¿Respeto aunque no esté de acuerdo?
¿Estoy dispuesto/a a reconocer mis propios errores?
¿Construyo o divido?
La igualdad no se impone. Se practica cada día. Se construye en los pequeños gestos. En el respeto cotidiano. En la coherencia. En el cuidado mutuo.
Porque hombres y mujeres no estamos llamados a competir entre nosotros, sino a caminar juntos. Y quizá ahí —en esa cooperación consciente— esté la clave del cambio que, en el fondo, todos necesitamos con urgencia.
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Testimonios de mis pacientes
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Juan
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Juan
13/11/2018 -
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Alonso Gonzalez
21/08/2024
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